La culpa

¿Te ha visitado la culpa?

Quiero compartirte algo que me sucedió el fin de semana anterior y que me hizo reflexionar sobre el sentimiento de culpa que muchas veces experimentamos.

La culpa ha sido una emoción que he trabajado bastante, porque en el pasado tendía a sentirme culpable por muchas cosas de las cuales no era responsable y que tampoco tenía control. La culpa llegaba por mi necesidad de sentirme necesitada y por pensar que siempre podía resolver las situaciones de otros y cuando no lo lograba caía en el sentimiento de culpabilidad.

La culpa es una emoción que sentimos según nuestros valores, exigencias y creencias de lo que para nosotros está bien o está mal. Muchas veces caemos en la comparación con otros y en lo que pudimos haber hecho mejor según nuestras propias expectativas. A través del tiempo he empezado a ser capaz de identificar cuando estoy cayendo en la trampa de la culpabilidad sin sentido, he empezado a ser consciente de esa voz interna que empieza a susurrar en lo que me he equivocado o me recrimina lo que pude haber hecho diferente o mejor. Es sumamente desgastante cuando vivimos rodeados de culpa autoimpuesta y es por eso que un día decidí examinar y observarme para determinar cuando en realidad era culpable o solo eran señalamientos internos sin fundamento.

Ahora si te voy a contar lo sucedido el fin de semana y que será un ejemplo de cuando nos señalamos y nos autoexigimos.

Mi hijo de 7 años está aprendiendo a patinar, así que algunas tardes salimos al patio trasero de la casa a practicar, él se apoya de mi brazo y damos vueltas de un lado a otro, ese día me pidió que le tomara unas fotos haciendo poses con patines, así que hicimos la sesión de fotos para el recuerdo. Cuando terminamos de hacer las fotos, él se quedó caminando sobre el césped y yo me fui a dejar el celular y en cuestión de 30 segundos se resbaló y se lastimó su mano izquierda. Mi reacción inmediata fue ir a levantarlo y preguntarle si estaba bien, me decía que le dolía un poco la mano, pero a los pocos minutos me dijo que no le dolía tanto.

Entramos a la casa, se quitó los patines y me quedé con él para observarle el brazo, no tenía heridas evidentes, ni tampoco tenía el brazo hinchado. Ya para ese momento mi voz interna me tenía bombardeada con pensamientos como: “no debiste dejarlo solo”, “dejar el celular no era importante”, “debiste vigilarlo” y así más pensamientos. Hasta ese momento, no había entrado en acción la palabra culpa…

Estaba preocupada porque en algunos momentos me decía que le dolía y después que ya no, así que era un sube y baja de preocupación. Pasaron un par de horas y al parecer el dolor había disminuido y como no tenía el brazo hinchado, pensamos (mi esposo y yo) que había sido solo un golpe. Él se durmió y yo, aunque estaba preocupada, me quedé tranquila. A las 3 de la madrugada lo despertó el dolor del brazo y ahí sí que la culpa empezó a ser violenta con mis pensamientos, solo verlo con el dolor del bracito, me rompía el corazón y mi mente me decía que ese dolor era mi culpa.

Le pusimos un gel para el dolor y una compresa caliente y se volvió a dormir, sobra decir, que mi mente no me dejó dormir más, pensando en todo lo que debí haber hecho mejor como mamá… la sombra de la mala madre salió y no me dejó en paz. Me repetía mil veces que era mi culpa por haberlo dejado solo con los patines puestos.

Alrededor de las 8 de la mañana decidimos llevarlo al hospital para que lo revisaran, aunque la culpa me torturaba, me mantenía en calma pidiéndole a Dios que solo fuera un golpe y que su brazo estuviera bien. Llegué al hospital, el pediatra ortopedista le envió a que le hicieran una radiografía y cuando estuvo el resultado… ¡sorpresa! Era una quebradura y había que ponerle un yeso para inmovilizar el brazo. No puedo explicar lo que sentí, no dejaba de repetirme que todo era mi culpa y aún más pensar que lo había dejado toda la noche con el brazo lesionado.

La culpa es una emoción que sentimos según nuestros valores, exigencias y creencias de lo que para nosotros está bien o está mal.

Y es a partir de aquí, donde empieza mi aprendizaje y adivinen qué, mi hijo fue el maestro. Durante todo esto que les he contado, si bien es cierto, Miguel estaba con dolor, él nunca me reclamó nada, siempre mantuvo la calma. Cuando llegamos al hospital, habló con todo mundo y cuando el médico le explicó lo que tenía y que había que ponerle un yeso, él lo que hizo fue ponerse más curioso de lo normal y preguntar y hablar y pedir que le explicaran todo lo relacionado a un yeso. Llegamos a la sala de yesos y el enfermero, con un corazón enorme, le explicó absolutamente todo lo que Miguel quería saber. No dejaba de hablar y de aprovechar cualquier detalle de su experiencia para aprender y entablar conversación.

Cuando salimos del hospital, me pidió que le explicara bien cuánto tiempo tenía que estar con el yeso, así que le dije que era un mes y le dije la fecha exacta de la cita médica de revisión. Así que se volvió y me dijo “que dicha que es solo un mes, no te preocupés”. Algo pasó en ese preciso momento que me hizo ser consciente y entender que nada había sido mi culpa, fue una situación que tenía que suceder y por supuesto, que hubiera deseado que no se lesionara el bracito, pero entendí que esa situación tenía un propósito para mí y definitivamente para Migue.

Poder ser conscientes de lo que sentimos y poder gestionarlo es sumamente importante para nosotros. En este caso, pude ser consciente de la culpa que me envolvía y lo mejor de todo, haberla identificado y entender que no fui culpable de lo sucedido. No les voy a mentir, hay momentos en que la voz interna me susurra, solo que ahora, tengo muy claro que no soy culpable.

Querer estar siempre en todo y que nada les suceda a las personas que amamos, no es algo que podamos controlar, cualquier cosa puede suceder en cuestión de segundos y en definitiva, no somos culpables, porque jamás, podríamos estar deseando el mal ni para nosotros, ni para nuestros seres amados.

Trabajemos nuestras culpas, no permitamos que nos atormenten, ni que nos quiten la paz.  Después de todo lo sucedido, entendí que no era culpable como me debía sentir, sino triste, porque es una situación que no me agrada y también entendí que está bien sentir tristeza cuando a alguien que amamos le sucede algo.

Gracias por leerme.

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